La música sigue sonando y los corazones se agitan como la primera vez. No importa que hayan pasado 10 años. Los Redondos están y estarán; sus melodías y su lírica oscura, confusa y a la vez clara como pocas, está adherida a la piel de demasiada gente.

Skay dijo alguna vez que prefería tomar la disolución como una expansión. Que a partir de aquel 4 de agosto de 2001, en Córdoba, están él, el Indio, y otros de los que pasaron por la banda, en proyectos diferentes que de algún modo mantienen la esencia.

Porque Los Redondos fue más que una banda de rock con señas particulares en sus canciones. Fue mística, apego, compromiso, revolución. La banda llegó para romper esquemas y dogmas, para generar códigos diferentes y acercar el rock a los desangelados, como dice Solari, que en los 90 se convirtieron en miles. Gente que encontró a quien creerle, a quien seguir cuando los liderazgos sociales y los lazos de fraternidad y solidaridad parecían extinguidos.

Por esos sus recitales eran misas, en las que un dios pagano invitaba a exorcizar demonios con mucho rock y los pogos más grandes del mundo. Fue mucho para un grupo de artistas que, aunque soñaron con cambiar el mundo con canciones, no podían ser el tapón de la presión que poco después del último show puso al país en llamas. Los desangelados, cuatro meses después, pudieron desahogarse en las calles, entre gases y palos. Casi como en los últimos recitales de la banda.

Después de todo es, todavía, sólo una banda con algunas promesas... tics de la revolución, implacable rocanrol, y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro.